El clericalismo de un español apellidado Sánchez
Catorce ministros del Gobierno de España asistieron a la misa de la Sagrada Familia y a la bendición de la Torre de Jesucristo el pasado 10 de junio de 2026 en Barcelona.
¿Se puede llamar a eso clericalismo? La respuesta es «sí», poco importa para esa consideración que Pedro Sánchez y sus ministros no sean creyentes o no vayan a misa, si es el caso, que no lo sé.

La Sagrada Familia (Barcelona), 1 de mayo de 2026. Foto: © Canaan. CC BY-SA 4.0. Wikimedia Commons.
Lo que Lotrives señala con Pedro Sánchez y sus ministros en Barcelona es más sutil. Aquí los políticos se acercan ostensiblemente a la Iglesia para aprovecharse de su prestigio, real o imaginado, y de su capital simbólico. ¿Pero si hay pederastia en la Iglesia? No importa. Con lo sucedido en la Sagrada Familia el razonamiento es otro. Cabe conjeturar, simplificando: Pedro Sánchez y su equipo piensan que León XIV está con los pobres y los inmigrantes, se ha enfrentado a Donald Trump y en ocasiones defiende lo mismo que algunos políticos de la izquierda. Eso es lo que contaba para la foto de familia en la Sagrada Familia con León XIV, además de un rato de asueto ante los casos de corrupción que ahogan a los socialistas sanchistas.
En España y en otros países de raíces católicas, el clericalismo se entiende sobre todo como lo que también es. Señalo tres rasgos. Uno, la influencia de los sacerdotes y de las órdenes religiosas en la política de un Estado. Otro, la intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, anulando a los cristianos corrientes. Por último, que los curas busquen la sumisión de sus parroquianos. La lista de casos que se pueden enumerar bajo esas perspectivas es tan larga que se podría escribir una historia de Occidente con el clericalismo como leitmotiv. Ejemplos: el sacerdote de pueblo que se cree un zar con poder absoluto, el obispo senador, el vicario pseudoexégeta opinando desde el púlpito de lo humano y dando poco ejemplo de servicio, pastores protestantes y clérigos católicos que defendían a Adolf Hitler, porque por fin iba a traer «orden», el pope ruso ortodoxo que alaba día sí y día también al gran líder Vladímir Putin y a su guerra contra Ucrania, etc., etc., etc.
A mediados del siglo pasado, teólogos como Yves Congar (1904-1995) subrayaron que la misión de los laicos en el mundo no consiste en convertir la Iglesia en un aparato de poder, sino en actuar cristianamente en las realidades temporales.1 Antes, el Opus Dei, fundado en 1928 por Escrivá de Balaguer, predicaba algo parecido: la llamada a la santidad de los cristianos corrientes y, a este respecto del clericalismo, la libertad de las conciencias. 2
Esa corriente renovadora y anticlerical en la Iglesia se reflejó en el Concilio Vaticano II. Su constitución pastoral Gaudium et spes, promulgada el 7 de diciembre de 1965, afirma (n. 76) que la comunidad política y la Iglesia son «independientes y autónomas, cada una en su propio terreno».
Más adelante, en 2005, Benedicto XVI señaló en su primera encíclica, Deus caritas est, lo siguiente:
«El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones» (Deus caritas est, n. 28).
«La Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables» (Deus caritas est, n. 28).
«La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien» (Deus caritas est, n. 28).
Dicho de otro modo: la Iglesia influye en la política a través de la razón y de la ética, buscando la justicia. Lo que hizo el Gobierno de Sánchez en Barcelona es usar a la Iglesia como escenario, sin asumir ninguna de sus exigencias.
La doctrina del Concilio Vaticano II ya consolidada debería haber cortado tanto el clericalismo eclesiástico como la apropiación partidista de lo eclesial. Es evidente que ni los ha cortado, ni probablemente los corte, porque la hipocresía, la incoherencia, la vanidad y la pereza son pecados capitales contra los que se puede luchar, pero no exterminar.
Lotrives presenta una solución radical. Como pedir es gratis y por soñar que no quede, le encantaría que el papa León XIV le recibiera en una audiencia y que después aprobara sus propuestas:
- A partir de ahora, nunca habrá representaciones oficiales políticas en actos eclesiásticos. Nunca es nunca. Nunca jamás, como dice la directora de la Guardia Civil en España, sospechosa en un caso de corrupción. ¿Ni en una procesión de pueblo? Ni en una procesión de pueblo.
- A partir de ahora, el Estado, los Estados, no darán ni un duro a la Iglesia católica. Serán los fieles católicos los que la sustenten.
- A partir de ahora, no habrá colegios concertados. Que el Estado se haga cargo de ellos. Si la Iglesia no recibe dinero público, tampoco puede tolerar presiones. Cada palo que aguante su vela.
- Si no es así, no lo sé, a partir de ahora todos los funcionarios del Vaticano tendrán que realizar una tarea pastoral concreta a diario: confesar en una Iglesia, por ejemplo, una hora, más media hora de oración mental al día y a continuación dedicar tiempo a obras de misericordia: visitar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, perdonar al que nos ofende u otra de las siete que quedan.
Notas
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Congar, Yves M.-J. (1965). Jalones para una teología del laicado. Trad. de Sebastián Fuster. Barcelona: Editorial Estela. 3.ª ed. Título original: Jalons pour une théologie du laicat. Paris: Cerf. ↩
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Hay un punto en el Opus Dei que no sé muy bien cómo valorar. Por una parte es pionero en promoción de la santidad de los laicos, pero a la vez es una institución en la que los clérigos gobiernan en última instancia: el prelado y sus vicarios son sacerdotes. Aunque eso no implique automáticamente clericalismo, dependiendo de cuándo y dónde, lo podría favorecer, si no se está atento. ↩