Cuando los padres falten: el futuro de los hijos autistas
Un grupo de seis padres ya con algunos años nos reunimos el pasado sábado, 20 de junio de 2026, en el restaurante Ocamiño de Madrid. Es un mesón gallego. Tomamos pulpo y arroz con pulpo, bebimos Albariño y de postre saboreamos un café con dos bolas de helado. Las mías fueron de limón. En la calle caía un sol sahariano. Nos acompañaba un joven interesado en nuestros problemas, por lo que se verá. En total, pues, éramos seis personas.
Los seis padres mencionados tenemos un grave problema en común: un hijo o una hija con una alta discapacidad por autismo. En el caso del joven, el afectado por autismo es su hermano. Nos une también una espinosa preocupación: no sabemos qué pasará con nuestros hijos autistas cuando nosotros muramos. Mejor dicho, y eso es lo alarmante: sí sabemos que vivirán muy mal a no ser que un pariente que los quiera mucho (un hermano o una hermana) se preocupe continuamente de ellos.
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Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). KODE Art Museums and Composer Homes, Bérgen. Foto: Dag Fosse. Wikimedia Commons.
En Madrid sencillamente no se promueven nuevas plazas en residencias públicas para personas con autismo. Hay asociaciones privadas de padres y madres afectados que años atrás las construyeron, pero son justo esas viviendas las que al menos a los padres que nos reunimos en Ocamiño nos dan que pensar, y tratamos de evitarlas para nuestros hijos. Tampoco hay plazas públicas, que son aún peores.
No conozco a las Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por la madre Teresa de Calcuta en 1950. Pero sé que se dedican al «servicio de los más pobres entre los pobres, sin distinción de clase social, credo, color o religión». Desean mostrar con sus vidas «la solicitud de Dios por los más pobres y los más humildes». Me encantaría hablar con ellas y convencerlas de que un autista con una alta discapacidad equivale a esos «pobres entre los pobres» que ellas seleccionan.
Si un autista se queda sin padres y vive en una de las residencias arriba mencionadas, por muy bien que lo haga la junta directiva de la asociación de padres, o la entidad pública titular, no podrán afrontar con éxito la cantidad de problemas que surgen. Los trabajadores del sector, por convenio colectivo, ganan muy poco y están deseando dejar ese empleo tan duro y tan mal pagado. Sí, es muy duro atender a un autista. Ni con las mejores dotaciones económicos, que tendrían que provenir de bolsillos privados, se conseguiría atender a esas personas en condiciones parecidas a como lo harían unos padres que los quisieran.
Cuando los padres falten, solo se me ocurren dos formas de que las personas autistas gocen de una vida digna. O caen junto a ángeles de la guarda tipo misioneras a la Teresa de Calcuta, o disfrutan de hermanos que se hacen cargo de ellos, los quieren de verdad (aunque no sea tanto como sus padres) y están con siete ojos buscándoles siempre lo mejor. De lo contrario, pasará lo que acontece ahora en las residencias públicas o subvencionadas y que, por decirlo rápido, se resume en lo siguiente: insuficiencias de todo tipo.
Ninguna asociación de padres en Madrid aspira a levantar residencias subvencionadas para autistas: es una ruina. La ayuda del Estado se queda cortísima y la brutal carga pasa a la asociación privada, en un sector donde, repito, los trabajadores están muy mal pagados y poco motivados para una tarea que probablemente solo podría realizar bien alguien con el espíritu de santa Teresa de Calcuta.