La torre de Babel y la inteligencia artificial
Un hilo conductor de la encíclica «Magnifica humanitas» es el episodio de la torre de Babel. Ofrecemos aquí la interpretación de León XIV sobre ese relato, precedida de otras tres clásicas, y sacamos una conclusión.

Zigurat de Ur (Irak). Foto: Michael Lubinski. Licencia CC BY-SA vía Wikimedia Commons.
La torre de Babel no habla solo del origen de la diversidad de lenguas. Refleja también la tentación permanente para el ser humano de construir una unidad al margen de Dios, apoyada en la técnica, la eficiencia y el deseo de dominio. Por eso el papa León XIV, en su encíclica Magnifica humanitas, puede leer ese relato como una parábola de nuestro tiempo: no porque la inteligencia artificial (IA) sea mala en sí, sino porque puede convertirse en el símbolo preeminente de una nueva autosuficiencia humana.
La torre de Babel
En la Biblia de Jerusalén
«Gn 11, 1-9: 1 Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras. 2 Al desplazarse la humanidad desde oriente, hallaron una vega en el país de Senaar y allí se establecieron. 3 Entonces se dijeron el uno al otro: “Ea, vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego.” Así el ladrillo les servía de piedra y el betún de argamasa. 4 Después dijeron: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos, por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra.” 5 Bajó Yahveh a ver la ciudad y la torre que habían edificado los humanos, 6 y dijo Yahveh: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. 7 Ea, pues, bajemos, y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo.” 8 Y desde aquel punto los desperdigó Yahveh por toda la haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. 9 Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló Yahveh el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahveh por toda la haz de la tierra» (BJ, 1975, p. 24).
«Este relato yahvista da una explicación distinta de la diversidad de los pueblos y de las lenguas. Es el castigo de un pecado colectivo que, como el de los primeros padres (Gn 3), es también un pecado de orgullo (v. 4). La unión solo quedará restaurada en Cristo salvador: milagro de las lenguas en Pentecostés, Hch 2, 5-12, asamblea de las naciones en el cielo, Ap 7, 9-10» (BJ, 1975, p. 24). «Senaar (v. 2) es Babilonia» (BJ, 1975, p. 24). «Babel se explica por bll (o blbl) ‘embrollar’. El nombre Babilonia significa en realidad ‘puerta de Dios’ (v. 9)» (BJ, 1975, p. 24).
En Luis Alonso Schökel
«Varios temas se mezclan en este breve y famoso relato. Un eco de la rebelión de los titanes que intentaron escalar el cielo; una etiología sobre la multiplicidad actual de lenguas; una crítica política» (Schökel, 2003, p. 82). ‘Etiología’ significa estudio de causas, en este caso, de la multiplicidad de lenguas.
«Las lenguas se multiplican como castigo de Dios, para que los hombres no se entiendan en sus planes soberbios —paronomasia popular con el nombre de Babel—» (Schökel, 2003, p. 82). Véase arriba la explicación de la BJ, en el v. 9: en los términos hebreos Babel y embrollar hay paronomasia, es decir: son vocablos semejantes en el sonido pero diferentes en el significado, como en español puerta y puerto.
«La cultura urbana, que podría ser centro de convivencia pacífica, despierta el deseo de dominio imperialista —crítica de Babilonia—. La pirámide sacra o zigurat, vista como la torre del asalto humano al cielo; pero que no llega, de modo que Dios ha de bajar para verla. La subida acaba en caída, la concentración en dispersión, el nombre famoso en nombre infamante. La maldición será anulada el día de Pentecostés» (Schökel, 2003, p. 82).
Según Schökel, las lenguas se multiplican como consecuencia de un castigo de Dios que consiste en que los hombres no se entiendan en sus planes soberbios. Hay un trasfondo de dominio imperialista en aquella primera cultura urbana. La pirámide sacra o zigurat (característica de la arquitectura religiosa asiria y caldea) se puede pensar como una torre del asalto humano al cielo. Todos esos elementos los recogerá León XIV en su encíclica.
En la Biblia Hebrea
«La historia de la torre de Babel transforma el zigurat mesopotámico, construido con ladrillos (a diferencia de las estructuras de piedra cananeas) y una de las maravillas de la tecnología antigua, en una fábula monoteísta. Aunque existe una larga tradición exegética que imagina la construcción de la torre como un intento de alcanzar las alturas del cielo, el texto en realidad no sugiere eso. Su “cúspide en los cielos” es una hipérbole que se encuentra en inscripciones mesopotámicas para celebrar torres altas, y forjarse un “nombre” mediante la erección de un monumento perdurable es una noción recurrente en la antigua cultura hebrea. El mensaje polémico de este relato se dirige contra el urbanismo y la excesiva confianza de la humanidad en los avances tecnológicos. Esta polémica, a su vez, se relaciona con los relatos del árbol de la vida (Gn 3, 4 y ss.) y con los nefilim, en los que se observa a la humanidad aspirando a trascender los límites de su condición de criatura. Como en aquellos momentos anteriores, se vislumbran aquí los vestigios de un trasfondo mitológico en el que Dios se dirige a un séquito celestial no especificado en primera persona del plural mientras considera cómo responder a la presunción del hombre» (Alter, Robert. (2019). The Hebrew Bible. The five books of Moses Torah. Volumen 1. A translation with commentary. W. W. Norton, epub, nota a Gn 11, 1-9; traducción del inglés de Lotrives).
Alter corrige la lectura demasiado literal de «alcanzar el cielo», y lo centra, como Schökel, en la crítica al urbanismo, al monumento y a la confianza tecnológica.
Lo que hay detrás del término urbanismo en Babel, en los albores de la humanidad, se parece, quizás, a la pretensión actual de vivir en el cosmos, alentada por algunos multimillonarios estadounidenses, o a determinadas metas bélicas inconfesables asociadas a la IA.
«Magnifica humanitas»
León XIV se fija en la falta de referencia a Dios de los protagonistas de este relato, en que edificaban una ciudad sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, y en una «uniformidad que elimina la diversidad». Su lectura no contradice la interpretación clásica del castigo al orgullo colectivo con la multiplicidad de lenguas, sino que desplaza el foco. León XIV se fija antes en la falsa unidad que precede a la dispersión. Se trata de unos seres aparentemente cohesionados, pero por la técnica, el poder y la autosuficiencia, no por la referencia al Dios verdadero, que produce la verdadera comunión.
En Babel no se condena la diversidad como tal. Se castiga un proyecto soberbio, y el resultado es la incomunicación. Pentecostés no elimina las lenguas, sino que permite entenderse en la diversidad.
«Los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden construir una ciudad y una torre “cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11,4). Quieren así asegurarse estabilidad y poder, y sobre todo “perpetuarse un nombre”, temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo engaño: es una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión» (Magnifica humanitas, n. 7).
León XIV da un paso más con esta triple interpretación teológica del episodio:
«Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios» (Magnifica humanitas, n. 7).
«Estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo? Mientras el desarrollo tecnológico cambia rápidamente lenguajes, relaciones, instituciones y formas de poder, nosotros, los creyentes, debemos y podemos elegir en qué proyecto trabajar y con qué estilo, para custodiar y valorar la magnífica humanidad que nos ha sido brindada como don. No se trata de una decisión sobre nuestro futuro, sino sobre nuestro presente, porque la IA y las demás tecnologías emergentes ya son parte de nuestra vida cotidiana» (Magnifica humanitas, n. 90).
«La Babel moderna no es solo el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales. Es, además, la carrera por desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, o por asegurarse su control, según una dinámica deshumanizante que parece no conocer límites» (Magnifica humanitas, n. 185).
Babel no es simplemente el origen doloroso de la diversidad lingüística. Es, más bien, el fracaso de una unidad ya amenazada de muerte. Pentecostés no revierte la diversidad de lenguas, sino la incomunicación. No impone una lengua única: posibilita la comprensión. Pentecostés ha sucedido. Se trata de crear las condiciones para hacerlo presente.