Guapas y guapos de manual

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Sobre la belleza.

Audrey Hepburn en una escena de la película Desayuno con diamantes (1961)

Audrey Hepburn en una escena de la película Desayuno con diamantes (1961). Archivo de Wikimedia Commons.

Ayer valoré con Martina Draft a una posible conferenciante para el seminario «Libertad de expresión», que estamos organizando. Veníamos dándole vueltas los dos. Establecimos este diálogo.

—[Lotrives: L] Es guapa de libro, pero no sé si la mejor candidata para hablar de la situación de la prensa en España.

—[Martina: M] ¿Guapa de libro? Se dice guapa de manual.

—[L] Eso es lo de menos. Lo que me preocupa es que nos convirtamos en fieles seguidores del esteticismo y antepongamos la belleza física a cualquier otro aspecto. ¿Era la madre Teresa de Calcuta guapa de manual?

—[M] Sus arrugas y sus patas de gallo la descartan. No creo que si buscas guapas de manual en Google te salga la madre Teresa de Calcuta. No lo conseguirías ni con el algoritmo más rebuscado.

—[L] ¿Has oído hablar de los trascendentes del ser, de las propiedades de todo ser?

—[M] No.

—[L] Son, además de la unidad, la verdad, la bondad y la belleza. Rafael Alvira colocaba los tres últimos en este orden: belleza, verdad y bondad. La belleza es lo inmediato. Te tropiezas con Audrey Hepburn y exclamas: ¡Guapa de manual! De ahí la importancia de la belleza del culto, del arte sagrado, de la música sacra, de las iglesias: porque pueden atraer inmediatamente e introducirte en mundos mejores. Pero a continuación habría que comprobar si la belleza responde a una verdad y a una bondad. En el caso de una persona, deberíamos examinar sus hábitos, su comportamiento, sus amistades, su lenguaje… Deberíamos relacionar su belleza con su verdad y con su bondad, y compararlas con las de Dios, el espejo donde se mira toda verdad, belleza y bondad. Por eso me atrevo a afirmar que la madre Teresa de Calcuta le gana también en belleza a Audrey Hepburn. Al final, y en el conjunto de una vida, no puedes separar la belleza, de la verdad y de la bondad. En una etapa quizás destaque la belleza, pero pasa, y cada vez más todos nos parecemos a nuestros abuelos.

—[M] La primera vez que hablamos de nuestra posible conferenciante, soñé con ella. En mi pesadilla, los ojos de esa hermosura se me antojaban cristalinamente asiáticos. Se escondían detrás de un árbol de corteza blanca en un bosque de abedules, cerca de Auschwitz, y después tras un abeto en Katyń. Auschwitz y Katyń: tus obsesiones polacas.

—[L] Llevaré más cuidado con mis historias de Polonia, no sea que te traumatice. Pedro Sainz Rodríguez, un tipo curioso donde los haya, en un pasaje de su ensayo Espiritualidad española, afirma del escritor Gabriel Miró lo siguiente: «Guardo el recuerdo de su gallarda figura recortándose sobre el fondo de los árboles del Botánico [el Jardín Botánico de Madrid], pues en pocas personas he visto como en Miró el armonioso conjunto de la prestancia física unida a la inteligencia y a la belleza del alma».

—[M] ¿En qué quedamos?

—[L] En que les recomiendes a tus hijos que no se fijen en las guapas de manual a no ser que rezumen también belleza de alma, como la madre Teresa de Calcuta. Y en que buscaremos otro candidato para el seminario.


La cita de Pedro Sainz Rodríguez está tomada de: Sainz Rodríguez, Pedro. (1961). Espiritualidad española. Madrid: Ediciones Rialp, pp. 24-5. La referencia a Rafael Alvira procede de Conversar la vida. Un diálogo con Rafael Alvira. Prólogo de Higinio Marín. Ediciones Cristiandad, pp. 103-4.