Sobre el cielo

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¿El lugar donde el leopardo se tumba en paz con el cabrito? ¿La memoria amorosa de Dios que otorga eternidad? ¿Ambos?

El ángel de la muerte, óleo de Edvard Munch (1893)

Dødens engel (en noruego; en inglés The Angel of Death; en español El ángel de la muerte). Óleo de Edvard Munch de 1893 (58 × 77,5 cm). Foto: © Munchmuseet. Licencia CC BY-NC-SA 4.0.

Hace años, paseando por el Graben, una de las calles más bellas de Viena, a la altura del monumento a la Santísima Trinidad, a Lotrives se le acercó una joven. Llevaba un micrófono en la mano y una grabadora. Probablemente era una estudiante de la Facultad de Teología de la Universidad de Viena que preparaba su trabajo de fin de grado y para ello necesitaba encuestar. Sonreía. Era alta y guapa. Le preguntó si podía hacerle una pregunta y le sorprendió con su cuestión sobre el cielo y qué era el cielo para él. A Lotrives no se le ocurrió nada mejor que recurrir a san Pablo: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman (1 Corintios 2:9). Complementó la cita añadiendo que la idea paulina era lo suficientemente amplia como para dar cabida a todo tipo de sueños y ensueños y quedarse siempre corto, y que por eso la suscribía.

Isaías y el reino mesiánico

En aquel momento no se le ocurrió mencionar a Isaías, que presenta un panorama, sobre el futuro venturoso y definitivo, más pegado a nuestras experiencias; lo piensa como un lugar donde reinan la verdad, la justicia y el amor por los siglos de los siglos. Isaías, profeta y poeta, lo expresa poéticamente:

11 1Pero brotará un renuevo del tronco de Jesé, | y de su raíz florecerá un vástago. 2Sobre él se posará el espíritu del Señor: […]. 5La justicia será ceñidor de su cintura, | y la lealtad, cinturón de sus caderas. 6Habitará el lobo con el cordero, | el leopardo se tumbará con el cabrito, | el ternero y el león pacerán juntos: | […]. 8El niño de pecho retoza junto al escondrijo de la serpiente, | y el recién destetado extiende la mano | hacia la madriguera del áspid. 9Nadie causará daño ni estrago | por todo mi monte santo: | porque está lleno el país del conocimiento del Señor, | como las aguas colman el mar (Isaías, 11:1-9).

Los teólogos ven en ese pasaje de Isaías el anuncio del reino mesiánico de Jesucristo. El Mesías será de linaje davídico [Jesé era el padre del rey David] (v. 1), estará lleno del espíritu profético (v. 2), hará que reine entre los hombres la justicia, reflejo terrestre de la santidad de Yavé (v. 5) y restablecerá la paz paradisíaca (vv. 6-8), fruto del conocimiento de Yavé (v. 9).

Como explica la Biblia de Jerusalén en una nota al v. 6 del texto de Isaías citado, «el reino mesiánico es un reino de paz» que «se extiende al reino animal, hasta la serpiente, responsable del primer pecado». Se describe simbólicamente «como una vuelta a la paz paradisíaca».

Podemos pensar que para Isaías el cielo era la paz paradisíaca fruto del conocimiento de Dios (la verdad), y será una paz tan paz que si siquiera el león devorará al ternero. En el paraíso habrá justicia.

¿Pero cómo es posible todo eso? Jesucristo ya vino y parece que nada de lo profetizado se ha cumplido ¿Hablamos de realidad o de ciencia ficción? ¿No nos estaremos engañando y entonteciendo a posibles almas cándidas?, se preguntaba Lotrives.

Memoria, memoria de Dios y cielo

Siguió cavilando. No hace mucho murió un escritor llamado Javier Marías. ¿Pretendía Javier Marías con sus novelas permanecer en la memoria de las generaciones futuras? ¿Lo perseguía Cervantes? ¿Lo intentan los creadores que aspiran a ser admirados por las generaciones futuras? ¿Y los que no son creadores y no van con tal altos vuelos? ¿Qué ocurre con la gente sencilla que vive su día a día y muere cuando le toca?

Lotrives planteaba más cuestiones de las que podía responder. Recurrió a su autor preferido. Para Joseph Ratzinger, el cielo no significa «un lugar situado en alguna región más allá de las estrellas», sino «algo más grandioso y mucho más difícil de expresar, a saber, que Dios tiene un sitio para el hombre, al que da la eternidad» (las cursivas en las citas de Ratzinger son mías). Cuando un hombre muere, «continúa existiendo de algún modo en la memoria de los que le han conocido y amado. Una parte de él sigue viva en ellos». Pero «estos hombres morirán también algún día». Solo queda que nos recuerde Dios. Eso sí que es memoria histórica practicada por el bien y para el bien, razonaba Lotrives.

Si creemos en el Dios cristiano, argumenta Ratzinger y anotó Lotrives, «aquel a quien Dios ama no perece jamás. En Él, en su pensamiento y en su amor […], nuestro ser es conservado íntegramente para siempre: en Él somos inmortales. Su amor es lo que nos hace inmortales». De tal manera que «al amor que otorga la eternidad es a lo que llamamos “cielo”».

El cielo implica «que la grandeza de Dios llega incluso a disponer un sitio para nuestro pequeño ser. Nada que tenga valor para nosotros y sea espléndido sucumbirá».


Obras citadas: — Biblia de Jerusalén. (1975). Nueva edición totalmente revisada y aumentada. Bilbao: Desclée de Brouwer · — Ratzinger, Joseph. (2022). Cooperadores de la verdad. Reflexiones para cada día del año. Introducción, trad. y notas de José Luis del Barco. Madrid: Rialp, pp. 452-3.