Javier Hernández-Pacheco

Actualizado el

Algunos recuerdos y un deseo.

A Javier Hernández-Pacheco Sanz (1953-2020) lo conocí en el Colegio Mayor Moncloa (Madrid) un 2 de octubre de 1975, festividad de los ángeles custodios, el día de mi incorporación a esa residencia. Coincidió con el 47.º aniversario de la fundación del Opus Dei. En la comida y en la cena de aquella jornada, como señal jubilosa, además de unos platos más esmerados de lo habitual, las mesas del comedor se juntaron para formar una U que ocupaba toda la sala. En la cena, a mi lado se sentó un residente muy avispado, estudiante de Derecho, que se llamaba Fernando Moreno Cea. Me preguntó si ya me habían invitado a realizar un curso de retiro. Me desconcertó con su cuestión intrigante y su seguridad al afirmar que tarde o temprano terminaría haciendo un retiro espiritual, «donde no se habla». Yo iba a empezar el Curso de Orientación Universitaria en el Instituto Cardenal Cisneros y no sabía nada ni de retiros ni de silencios trapenses, le contesté aproximadamente.

El Colegio Mayor Moncloa

Javier Hernández-Pacheco Sanz tenía seis años más que yo, pero en la juventud esa diferencia de edad se considera enorme. Javier se significaba además como persona revestida de autoridad por su cargo de subdirector del Colegio Mayor Moncloa y su condición de numerario del Opus Dei. Estaba terminando Filosofía en la Universidad Complutense.

De los dos cursos que pasé en el Colegio Mayor Moncloa, curso 75/76 y curso 76/77, antes de trasladarme al Colegio Mayor Santillana, se me ha quedado impresa la imagen de un Pacheco alto y algo desmedido en sus movimientos físicos, sin agobios por los estudios porque la Filosofía era fácil o al menos fácil para él, y con intereses políticos. Fumaba, como casi todos los universitarios entonces, y era aficionado a la montaña, un deporte en el que le inició el director de Moncloa, Luis San Salvador, un arquitecto con gran personalidad (sin ir más lejos, de Bilbao), alegre, cercano y amable.

Pacheco ocupaba una habitación individual en la planta tercera de una de las torres del Colegio Mayor. En Moncloa, entonces, había unas pocas habitaciones individuales. La mayoría eran triples. A Pacheco le gustaba trasnochar, beber (moderadamente) y ensayar o ver ensayar a sus afines del colegio, sobre todo a Carmelo Herranz, Guillermo (Willy) Gefael Chamochín y Luisma Calleja. Ese grupo exhibía sus destrezas artísticas (canciones con guitarra, imitaciones y baile) en las tertulias de Moncloa, tras el almuerzo, donde se servía con frecuencia café y coñac, algo normal en la España de 1975-76. Sobre todo Luisma Calleja era un espectáculo. No conozco a un showman mejor que él, ni entre los profesionales más famosos que cualquier español pueda citar desde 1975 hasta hoy.

La foto que sigue es de la Semana Santa de 1976. Me la pasó recientemente mi amigo Tomás Martínez de Anca, compañero en Moncloa, entonces estudiante de Farmacia.

Javier Hernández-Pacheco en el santuario de Torreciudad, 1976

Javier Hernández-Pacheco en el santuario de Torreciudad, en 1976. Foto: © Tomás Martínez de Anca

En la imagen se ve a un Pacheco joven con su abrigo Loden verde, con corbata, corte de pelo clásico y bien peinado, en el santuario de Torreciudad. Lleva las manos en los bolsillos, por lo que no me extrañaría que estuviera rezando el Rosario.

De 1975 a 1977, por lo que se refiere a Pacheco hay dos momentos grabados en mi memoria de forma singular. Uno, llamándome la atención porque había entrado al oratorio de Moncloa con zapatillas de deporte. Otro, dando un aviso durante el desayuno a los residentes: el día 15 de mayo, fiesta de san Isidro en Madrid, era obligatorio oír misa, subrayó, aunque no fuera domingo. El tercer recuerdo no se concentra en un único acto. Es difuso, extenso: de un Pacheco director provisional de Moncloa como sustituto de Luis San Salvador en 1977, cuando Luis se fue a Canadá. Ahí diviso a Pacheco en su lucha ascética por dar siempre buen ejemplo y ser puntual.

Zapatillas de deporte y admonición de san Isidro aparte, Pacheco escondía un gran corazón bajo la apariencia a veces de dureza. Lo muestra hasta el hecho de que los residentes lo llamáramos simplemente Pacheco y a él no le importara.

En las Navidades de 1976, Javier vino a visitarme a Bigastro, mi pueblo, y allí conoció a mis padres y a mis hermanos. Viajó de Madrid en un Citroën 2 CV (dos caballos) del Colegio Mayor Moncloa que le encantaba, y con el que circulaba a toda velocidad siempre que podía, manejando con dureza su singular palanca de marchas. En la sala de estar de mi casa, le presentamos al que luego sería alcalde de Bigastro, Joaquín Moya, que deseaba conocerlo. Discutieron viva y correctamente sobre los verdaderos objetivos del Opus Dei, que el Moya, como se le conocía en mi localidad, licenciado en Economía y afiliado al PSOE, consideraba turbios y materiales.

Austria

Pacheco amplió estudios en la Universidad de Viena. Vivió en la Residencia de Estudiantes de Birkbrunn, de 1977 a 1981, y allí realizó una seguida tesis doctoral en Filosofía. En 1981, Pacheco regresó a España y al poco logró la cátedra en la Universidad de Sevilla. De alguna manera yo ocupé el hueco que Pacheco dejó en Austria, a partir de 1982.

Mis siguientes recuerdos se refieren ya a un Pacheco maduro y pensando en dejar el Opus Dei, algo que yo intuía. Son del verano de 1989. Coincidimos en la casa de convivencias del Opus Dei en Austria llamada Hohewand. Conservo estos apuntes que cito en cursiva:

Hohewand (Dreistetten), domingo, 2 de julio de 1989. Llueve. Hace frío. […]. Llega [de España] Javier Hernández-Pacheco. Metedura de pata mía: lo saludo muy poco afectuosamente. [Espero que me lo perdone. Era un fenómeno que me ocurría, por debilidad de mi carácter: presentía que él quería dejar de ser numerario, y eso me afectaba y me impulsaba a alejarme de él].

Hohewand (Dreistetten), martes, 4 de julio de 1989. Pacheco tiene un ordenador portátil. Su risa me llama mucho la atención.

Hohewand (Dreistetten), miércoles, 5 de julio de 1989. Por la noche, tras el examen de conciencia, Javier Hernández-Pacheco me muestra su portátil. Afirma que todo me va muy bien, que no me cambie al Correo Español porque «es mejor ABC». Hablamos de Ricardo Estarriol.

Hohewand (Dreistetten), martes, 11 de julio de 1989. Pacheco me dice que me he convertido «en un cínico», pero cariñosamente, porque de mí, de nuestra época en el Colegio Mayor Moncloa, recuerda sobre todo mi inocencia y timidez.

Las últimas entradas sobre él son estas dos, ya fuera del marco de Hohewand:

Viena, lunes, 25 de septiembre de 1989. En Delphin [un centro del Opus Dei en Viena] se aloja Javier Hernández-Pacheco, que llegó ayer de España para participar en el simposio sobre la libertad, organizado por Birkbrunn.

Viena, viernes, 29 de septiembre de 1989. Durante el desayuno en Delphin, mantengo una larga conversación con Pacheco. Hablamos del Este de Europa, de la literatura rusa y de si dejo Austria y me marcho a Polonia para trabajar desde allí como corresponsal de ABC*. Me da su tarjeta de visita. Antes, se ha producido una escena estrambótica durante la misa en la iglesia de la Gumpendorfer Straße, a la que hemos asistido. Unas señoras mayores le han entregado el cancionero a un compañero [filósofo español] de Pacheco y le han señalado el número 801 para que cante. El filósofo se ha quedado helado y sin capacidad de respuesta. Pero en esa misa también se le cae la calderilla a Patrik Fiegl* [residente en Delphin, amigo mío] y arma un lío, mientras Pacheco, alto y corpulento, tapa el altar con su extensión humana y el cura se olvida del nombre de Tobías y del arcángel Rafael.

Deseos celestiales

Aquel 29 de septiembre de 1989, festividad de los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, fue la última vez que vi a Pacheco. Él dejó el Opus Dei poco después, pero permaneció próximo a la institución.

A mi vuelta a España en 1993, y hasta su fallecimiento, en Madrid me llegaban noticias de que era feliz en Sevilla, con su mujer y sus hijos (a quienes no he llegado a conocer), y de sus triunfos en la universidad, con sus conferencias y sus libros.

Pacheco murió pronto, demasiado pronto, en Sevilla, en 2020, víctima del covid.

Algunos teólogos defienden que en el Cielo se cumplirán los deseos buenos no realizados en esta tierra. Tengo unos cuantos. Uno de ellos es tomarme con Pacheco un escalope vienés (Wiener Schnitzel), acompañado por una o dos pintas de cerveza Gösser en el restaurante Scherrerwirt de Dreistetten (Austria), y charlar con él con calma de esos asuntos que a los dos nos inspiraban viva curiosidad y que desde aquel 29 de septiembre de 1989 se han ido quedando en el tintero.