Ludmiła Dąbrowska: «No olvidemos que los campos de concentración siguen existiendo»
Ludmiła Dąbrowska (1917-2012), polaca, prisionera del campo de concrentración de Auschwitz, expone a la posteridad en esta carta de 1965 su lucha exitosa para volver a confiar en las personas y advierte contra la repetición de errores.

Ludmiła Dąbrowska (1917-2012), en la imagen, fue arrestada por los nazis en Cracovia y enviada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, pero milagrosamente, y gracias a Dios, sobrevivió. Tras la Segunda Guerra Mundial, Ludmiła emigró a Londres, donde conoció a su esposo, el también polaco Kazimierz Moszoro (1911-1998). Se establecieron en Rosario (Argentina).
He visitado en varias ocasiones el campo de concentración de Auschwitz y siempre me he conmovido mucho allí. He leído bastantes testimonios de personas que lo sufrieron y otros tantos relatos históricos sobre ese lugar de muerte y de ignominia.
Sin embargo, desde hace no demasiado tiempo, Auschwitz es algo mucho más cercano a mi mundo emocional por Stefan Moszoro-Dąbrowski, uno de mis mejores amigos. Stefan es un sacerdote numerario del Opus Dei nacido en 1957, hijo de esta heroína santa llamada Ludmiła Dąbrowska. Criado y educado en Argentina, Stefan se instaló, junto con Rafael Mora, otro sacerdote de su edad, en noviembre de 1989, en la ciudad polaca de Szczecin, mientras yo me asentaba en Varsovia, en un piso de la calle Smolna, como corresponsal de ABC. Así empezó la labor estable del Opus Dei en Polonia. Pero ese es otro tema.
La proximidad mía a Stefan desde 1989 hace que todo lo que se refiere a su familia sea como si se refiriera a la mía. Cuando residíamos en la misma casa, en Górnośląska, de 1990 a 1993, él llevaba con mucho recato la historia de su madre, probablemente porque Ludmiła había pedido que así actuara. Tras su muerte, Stefan me ha ido contando más de ella y ahora me ha dado permiso para que publique esta carta. En ella se entrevé la manera de actuar de madre e hijo, por la dureza de los recuerdos, y las duras luchas que Ludmiła tuvo que afrontar, incluso hasta llegar a pedir gracias extraordinarias al padre Maximiliano Kolbe. Ludmiła recuerda que los campos de concentración seguían existiendo en 1965, por ejemplo en Siberia. En 2026, se puede añadir, no hemos avanzado demasiado a ese respecto, aunque se utilicen técnicas más sofisticadas en algunos casos. Recuérdese a Alekséi Navalni.
Carta de Ludmiła Dąbrowska, de 1965
Estimados señores, venerables compañeros de penurias pasadas:
En las próximas semanas se cumplirán 20 años desde que recuperamos la libertad tras pasar muchos años en prisiones y campos de concentración alemanes. Con motivo de este aniversario, nos invaden los recuerdos, los repasamos en nuestra memoria, los analizamos y nos hacemos muchas preguntas. Queremos llegar a conclusiones y generalizaciones para que no parezcan en vano e innecesarias: la sangre derramada, las vidas sacrificadas en la pira, los sufrimientos y las lágrimas.
Cada uno de nosotros podría ocupar muchas horas de nuestra reunión de hoy contando episodios de nuestras propias epopeyas y las de nuestros seres queridos. Por eso he decidido ceñirme a algunos temas y recordar ciertas características propias del pasado reciente.
Para satisfacer la curiosidad y para legitimar mi derecho a hablar ante este distinguido grupo, les informo de que fui detenida el 2 de enero de 1941 y permanecí recluida en la prisión de Cracovia, en Montelupich,1 durante 22 meses. El 11 de noviembre de 1942 fui trasladada a Auschwitz, de donde fui evacuada el 18 de enero de 1945 a Ravensbrück 2; tras una breve estancia allí, fui trasladada a Malchow 3, en Mecklemburgo, desde donde volví a ser trasladada a Leipzig. El 13 de abril fui evacuada de nuevo y, durante unas dos semanas, me llevaron de un lado a otro por Sajonia, pasando de un frente a otro, hasta que finalmente los guardias de las SS me dejaron abandonada en la zona neutral.
Prácticamente no experimenté el momento de la liberación, es decir, la victoria, pero tras pasar la noche bajo el techo de un cobertizo, donde corríamos el riesgo de que nos prendieran fuego, me desperté en un silencio sobrecogedor; alguien había abierto la puerta, pero nadie se atrevía a salir; pronto descubrimos que no había por qué temer y que a nuestro alrededor solo había vacío.
Me fui con tres compañeras a explorar en busca de puestos militares estadounidenses. En ese camino descubrí que era libre; la libertad me embargó y me llenó de alegría, todo mi ser…
Siento ganas de contar lo que pasó y lo que viví, pero he decidido hablar de otra cosa.
Entonces, yo personalmente conocí varios campos de concentración, y he oído hablar y leído mucho sobre otros. Podemos afirmar sin dudar, todos nosotros, que estuvimos en medio del infierno. Cada día, cada instante significaba la muerte, que se nos acercaba y extendía su mano voraz hacia cada uno de nosotros. Las enfermedades, el hambre, el frío y todo tipo de carencias constituían un sufrimiento físico muy agudo. Aún más agudo era el sufrimiento moral, la persecución infligida al ser humano por otro ser humano, infligida al individuo por una violencia organizada, legalizada y sancionada por el Estado.
El ser humano —reducido a un número— quedó relegado al papel de mano de obra prescindible y sin valor y se convirtió en un objeto destinado y condenado a la destrucción. La doctrina racista de la Alemania hitleriana, su ambición maníaca y la convicción de que estaban destinados a dominar a otras naciones descarrilaron a Europa y llevaron a la civilización cristiana europea al borde del abismo.
Los propios alemanes crearon una categoría de personas —sádicos, degenerados— que, a sangre fría, trataban al ser humano como materia prima con la cual «se puede hacer —símbolo demoníaco de la crueldad— un trozo de jabón».
Nuestros compañeros de infortunio perecieron de las más diversas formas. Unos fusilados, otros gaseados, unos con una inyección letal en el corazón, otros como sujetos de los llamados experimentos científicos; unos pereciendo por enfermedades y hambre, otros -reducidos a lo más bajo de la deshumanización, humillados, maltratados- perdían el ánimo y se derrumbaban interiormente, allanando así el camino a la muerte.
Sin embargo, en medio de esas calamidades, el poder del espíritu, el poder del bien y la misericordia de Dios se manifestaban a todo aquel que tuviera el corazón abierto a ellos; y un amor más fuerte que el odio. En medio de un mar de maldad e ira fluía una corriente viva de amistad, ayuda, bondad, abnegación y generosidad: florecía la dorada flor del amor al prójimo. Ante los ojos aterrorizados por el horror y la magnitud de la injusticia y el agravio, se manifestaba el Dios Misericordioso.
La muerte dejaba de ser aterradora, el sufrimiento cobraba sentido, la fragilidad se atenuaba, y la vida, que antes se despreciaba, se retomaba, asumiéndola con responsabilidad suprema, como un don que hay que aprovechar bien.
Mi escepticismo hacia las personas, una desconfianza adquirida en esos tiempos difíciles, me llevó a cuestionar y debatir durante muchos años la santidad del sacrificio de la vida del padre Maximiliano Kolbe 4. Deseo recordar su figura a los aquí presentes, pues se ha convertido en símbolo de una realidad que parece más duradera y segura que las leyes materiales de la naturaleza: símbolo del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la verdad que resurge eternamente sobre las aguas de la mentira.
A mediados de 1942, el padre Maximiliano Kolbe, franciscano, fundador de Niepokalanów, un centro editorial católico cerca de Varsovia, y de un centro misionero en Hiroshima (Japón), se ofreció a morir de hambre en un búnker de Auschwitz por un hombre al que no conocía. Sucedió así: tras la fuga de uno de los prisioneros, uno de cada diez de sus compañeros había sido apartado de la fila durante el recuento, condenado a morir en el búnker de hambre. Uno de ellos rompió a llorar amargamente.
El padre Maximiliano Kolbe le preguntó por qué lloraba y, al responderle, se enteró de que aquel polaco de Silesia tenía varios hijos y que deseaba mucho volver con ellos. Entonces, el padre Kolbe preguntó al oficial de las SS si podía morir en su lugar. Obtuvo el permiso junto con una bofetada cuando reveló quién era, luego de ser interrogado. Murió en el búnker rezando y fortaleciendo el espíritu de sus compañeros mártires. Su cuerpo fue sacado sin mancha alguna, con una expresión angelical en el rostro.
Y aquí, me permitiré otra digresión personal.
Durante muchos años, estuve convencida y sostuve que el sacrificio del padre Kolbe había sido una forma de escapar de la vida, de la monstruosa realidad del campo de concentración, ante la cual él, como monje piadoso, tuvo que reaccionar con fuerza y ternura.
Pensaba que el deseo subconsciente de romper ese círculo infernal y escapar de él había sido el motivo de la decisión del padre Kolbe, al igual que otras personas menos preparadas espiritualmente, sin fe o con los nervios a flor de piel, que se lanzaban a los alambrados.
Este tema estaba siempre vigente porque la prensa que leo a menudo escribía sobre el padre Kolbe. Así fue hasta que, hace unos años, ante una preocupación muy grave en casa y leyendo al mismo tiempo sobre el padre Kolbe, mi marido y yo decidimos confiar nuestra inquietud a la intercesión del padre Kolbe, con la condición de que, si los asuntos se resolvían satisfactoriamente, lo consideraría una señal de que mis suposiciones eran erróneas.
Y, oh milagro, ese mismo día los asuntos tomaron tal giro y se desarrollaron tan favorablemente que, con creces, se nos concedió lo que nos faltaba. Mi desconfianza, con la que luchaba constantemente, quedó sanada una vez más.
Así pues, creo que la terrible experiencia de los campos de exterminio nos permite comprender que el mal es permitido para que el ser humano, que se extravía constantemente en los caminos de la vida y se siente aterrorizado por ella, contemple toda la belleza del bien, comience a desearlo de nuevo y, mediante un acto de libre albedrío, vuelva a él.
No deberían desvanecerse de nuestra memoria todas las injusticias sufridas, propias y ajenas, personales y colectivas; tampoco alimentar sentimientos de venganza, pues no queremos cultivarlos; exigen coherencia: por un lado, reclamamos justicia y una indemnización para todos los antiguos presos políticos, independientemente del motivo de su detención.
Por otro lado, exigimos que el pueblo alemán renuncie por fin a sus aspiraciones revisionistas, que renuncie al Drang nach Osten (Extensión hacia el este) 5 y permita a los pueblos al este de su territorio vivir en paz. Exigimos que se abandonen las consignas y aspiraciones revisionistas, ya que no conducen a nada bueno, y que se reconozca la frontera en el Odra y el Nysa 6 para reparar los agravios y crímenes cometidos contra nuestro pueblo.
Rendimos homenaje a nuestros compañeros de penurias fallecidos: de ese ejército de luchadores diezmado, solo unos pocos hemos permanecido en nuestros puestos. En el gran torbellino del tiempo, nos encontramos en el umbral entre lo viejo y lo nuevo. La lucha contra la violencia que impone la anarquía y la destrucción, que deforma la vida y la naturaleza de la creación, sigue siendo nuestro deber, y el recuerdo de aquellos que perecieron nos obliga a la fidelidad y la perseverancia en nuestra postura.
Nosotros, antiguos prisioneros de los campos de concentración alemanes, no rendimos culto al sufrimiento, no nos compadecemos de nosotros mismos, no buscamos para nosotros una aureola ni laureles. En esa guerra que ya pasó, en esa lucha que aún perdura, toda la nación, todos los polacos -salvo los traidores- participaron y participan de forma dolorosa.
No olvidemos -y es precisamente hoy cuando debemos recordárnoslo a nosotros mismos y al mundo- que los campos de concentración siguen existiendo y que nuestros hermanos mueren en soledad, sin ninguna ayuda, sin siquiera buenas noticias, en las vastas extensiones de Siberia.
Una vez recuperada la libertad y disponiendo de las condiciones personales necesarias para ello, optamos por la emigración. Quizás fueron diversos los motivos que inclinaron la balanza hacia esta decisión, pero uno de los más importantes fue la conciencia de que no volveríamos voluntariamente a la «casa de la esclavitud». Y aunque la nostalgia por la Patria nos partía el corazón, decidimos permanecer alejados, pero fieles a ella.
Debemos cumplir con el legado que heredamos de aquellos que perecieron a manos del invasor, quienes murieron creyendo que con su sacrificio construían una Polonia libre e independiente. Con el mismo valor y fuerza con que luchamos antaño y hoy por la línea divisoria entre el bien y el mal; por poner en orden conceptos que, desgraciadamente, han sido deliberadamente confundidos.
En cualquier etapa de la vida en que nos encontremos, custodiemos «el rayo claro de la verdad» para llegar, por caminos rectos y seguros, a una Patria libre e independiente; nuestra tan amada Patria».
—Ludmiła Dąbrowska
Credito de la imagen: Captura de pantalla del libro de Memorias de Ludmiła Dąbrowska
Footnotes
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Prisión de Montelupich: una de las más espantosas de la Gestapo durante la ocupación nazi de Polonia, situada en la calle Montelupich de Cracovia, número 7. ↩
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Campo de concentración de Ravensbrück, para mujeres, a 90 kilómetros al norte de Berlín. ↩
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Maximiliano Kolbe (1894-1941). En la carta, Ludmiła probablemente confunde 1942 por 1941, que fue cuando Kolbe murió en Auschwitz. ↩
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El Drang nach Osten (‘Empuje hacia el este’): expresión alemana que plasma el deseo de anexión de territorios eslavos de la Europa Oriental, como Polonia. ↩
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Ludmiła escribió esta carta en 1965. Tras la caída del Muro de Berlín (1989) y de los regímenes comunistas de la Europa del Este, Alemania y Polonia firmaron el Tratado fronterizo germano-polaco, el 14 de noviembre de 1990, que fija la frontera entre los dos países, y con la línea de los ríos Oder-Neisse como demarcación. ↩