Por qué los mires no quieren ser médicos de familia

Una joven con un expediente brillante en el bachillerato e ilusionada por la vida quería ser médico de familia. Cursó siete años de Medicina antes de graduarse en la Universidad Autónoma de Madrid, en teoría, la mejor o de las mejores de España. Tuvo que repetir un año en un ambiente de alta exigencia por parte de profesores normalmente poco interesados en la formación de sus alumnos y en cómo deben ser los estudios universitarios. A esa joven, lo de repetir curso probablemente no le habría ocurrido en otra facultad de la península ibérica.

Esa chica invirtió un año más para preparar el examen del mir (médico interno residente). Lo aprobó. Al cabo de un año como mir en la especialidad de médico de familia, ha renunciado a su plaza de formación. No porque no tuviera vocación de médico de familia, sino para preservar su salud física y mental: por la gran cantidad de guardias del servicio de urgencias que tendría que soportar aún, durante los tres años de mir más por delante. Un año ha sido suficiente para ponerla al límite y quemarla. Las difíciles guardias de urgencias, 24 horas, atención, ¡están en manos de mires de primer año agotados por jornadas interminables! ¡Se los deja solos y se pide que no molesten a los superiores! Que conste: los médicos que trabajaban con ella en el centro de salud estaban muy contentos con su trabajo.

Da la impresión de que los estudiantes de Medicina no quieren ser médicos de familia por los abusos con las guardias de urgencias a los que el sistema, los adjuntos y los médicos con plaza los someten en los cuatro años como mir. No tienen nada, parece ser, contra la medicina de familia en sí, como en general se entiende y se difunde, sino contra una organización más que deficiente que los pone en peligro a ellos y pone en peligro a los pacientes de urgencias.

Mónica García, ministra de Sanidad, en 2023

Mónica García, ministra de Sanidad, en 2023. © Pool Moncloa / José Manuel Álvarez.

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