Los inválidos del habla
Señalaba el poeta Pedro Salinas la responsabilidad de la sociedad para no dejar al individuo «en estado de incultura lingüística». El hombre, dice, «que no conoce su lengua, vive pobremente, vive a medias, aun menos». Se lamentaba de quien no daba con las palabras y no podía ni expresarse ni vivirse (Salinas, 2002, p. 289).
«Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos; ser precisamente contrario, en el ejercicio de las potencias de su alma, a lo que es en el uso de las fuerzas de su cuerpo» (Salinas, 2002, p. 289).
Cuando leí por primera vez ese pasaje me acordé de mí mismo. Llegué a Austria un 5 de septiembre de 1982 y me sumergí tanto en el alemán que cuando tres meses después regresé a España, a la boda de una hermana mía, un 8 de diciembre de 1982, era, como afirma Salinas, uno de esos «muchos, muchísimos inválidos del habla» (Salinas, 2002, p. 289). Me había convertido en un discapacitado del español y en un aprendiz tullido del alemán. Toda la vida he luchado por mejorar esos dos estados básicos míos.
Bibliografía
Salinas, Pedro. (2002). El defensor. Introducción de Juan Marichal. Madrid: Alianza Editorial. ISBN: 84-206-4532-X. La primera edición de la obra es de 1948.