La misión de la universidad
Cuatro propuestas.
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The Bridge of Sighs (Universidad de Oxford, Inglaterra). Autor: Michael D Beckwith. Licencia de Creative Commons. Imagen tomada del archivo de Wikimedia Commons.
A Catherine L’Ecuyer, directora de la Fundación CLE, le preocupan el olvido y la defensa de la verdad en la universidad. Le sucede con frecuencia que llama a catedráticos para preguntarles por temas de su ámbito científico y «prefieren no opinar», por el temor a represalias de carácter más o menos político. Pero «si hay una verdad, hay que decirla, ¿no?», se pregunta. En la mayoría de los congresos en los que participa, observa que «se construye la verdad a medida que se negocia una postura consensuada, con preguntas formuladas por personas que no saben». No se descubre la verdad, «se construye».
Ante la censura woke y la falta de valentía para difundir los puntos de vista propios, L’Ecuyer propone volver a centrar la educación superior «en el aprendizaje, en lugar del postureo político». «La novedad por la novedad no tiene sentido. La novedad es un concepto comercial, no educativo».
El reduccionismo técnico y el ideológico estrangulan la universidad
En agosto de 1939, Albert Einstein redactó una carta en la que pedía al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que ordenara la investigación para la construcción de un arma nuclear. En 1941, con la Segunda Guerra Mundial en marcha y los Estados Unidos camino de entrar en ella, Roosevelt nombró a Vannevar Bush (1890-1974) director de la Oficina de investigación y desarrollo científicos.
Alemania capitula en mayo de 1945. Caen dos bombas atómicas en Japón en agosto de 1945. Pero antes, en el mes de julio de 1945, Vannevar Bush y su equipo presentaron al nuevo presidente de los EE. UU., Harry S. Truman, en un escrito titulado Science, the endless frontier, los frutos que podría producir la ciencia: 1) Más empleo en tareas menos penosas; 2) Más tiempo para el estudio y el ocio; 3) Menos enfermedades, gracias a la prevención y al avance en sus tratamientos; 4) La conservación de los recursos de la nación; y 5) Una adecuada preparación para la defensa y la conquista del liderazgo mundial [de los EE. UU., se sobreentiende].
Ese es, según el catedrático de Historia Pablo Pérez, «el estándar de pensamiento tras la Segunda Guerra Mundial». Todo avance depende «de un continuo crecimiento del conocimiento científico», pero, y se trata de un pero muy importante, «lo que más llama la atención en este interesante documento es lo que no dice. No menciona en absoluto la bomba atómica, que fue probada con éxito justamente el mismo mes de julio de 1945 y utilizada dos veces sobre ciudades japonesas a comienzos del mes de agosto». Que ese punto permaneciera ciego para los redactores del informe es «fruto de una mentalidad que mira todo nuevo logro científico técnico como un éxito, sin preguntarse por su sentido. El único sentido es su misma realización».
El trabajo universitario consiste en elaborar conocimiento y transmitirlo. Pero esa tarea «es inseparable de quién lo hace». El trabajo universitario, como cualquier trabajo humano, no es automático, «es obra de seres libres y, por tanto, implica una responsabilidad». Si falta, «falta la libertad y falta la humanidad».
«Nadie sabe exactamente qué es la cultura»
José Ortega y Gasset, en una conferencia de 1930, señaló tres misiones para la universidad: 1) transmisión de la cultura; 2) enseñanza de las profesiones; 3) investigación científica y formación de nuevos científicos. La universidad debe formar profesionales, debe investigar y debe brindar una cultura común para que todos los universitarios entiendan su tiempo, independientemente de su especialidad.
El profesor Diego S. Garrocho señala algunos peligros asociados a una aplicación pura de las misiones de la universidad según Ortega, antes citadas. Por ejemplo, si se pone el acento en la idea de formar profesionales para que encuentren un empleo, una universidad se podría convertir en un conjunto de academias, al estilo de una de peluquería, otra de gastronomía, etc. Sobre la misión investigadora: no todos los buenos profesores deben ser buenos investigadores. No es fácil definir, por ejemplo en humanidades, lo que es una buena investigación. ¿Está bien que se dediquen más medios en la universidad a investigar para combatir la calvicie que para erradicar la malaria? Sobre todo en humanidades, la idea de progreso hay que entenderla adecuadamente, porque sería bastante pretencioso suponer que la arquitectura moderna es más bella que la gótica o que algún filósofo contemporáneo supere a Tomás de Aquino. Sobre qué se supone que ofrece una formación general, Garrocho lanza la pega de que «nadie sabe exactamente qué es la cultura»: ¿las series de televisión?, ¿los videojuegos? Más aún: «¿Nos hace mejores la cultura? ¿Qué debe protegerse? ¿Cuáles son los atributos de una vida humana que merecen una protección decisiva y definitiva? ¿Tenemos una idea de humanidad concreta?».
«Recuperar el lugar central de la relación del profesor con el estudiante»
La propuesta del profesor Carlos Hoevel para recrear la universidad es «revivir el ideal intelectual (studium)», que consiste en «concentrarse en formar el hábito filosófico integrativo e intuitivo de la mente», frente a «la expansión de saberes y de la tecnociencia». Studium significa esfuerzo y aplicación para aprender, pero ligado al gozo por conocer (ocio). Para recrear la idea clásica de universidad hace falta recuperar una noción de verdad que no se agota en la deducción y en la inducción, sino que incluye otros tipos de conocimiento que permiten unidad ontológica y síntesis, especialmente en las ciencias humanas y sociales. Con la voz tecnociencia, Hoevel critica la necesidad de construir y producir de nuestros días, sea lo que sea.
Hoevel propone «reconstruir el puente con la tradición cultural del humanismo clásico». Quizás «de manera humilde, en universidades pequeñas». Pero «sin libros, sin esos grandes compañeros que son los grandes autores clásicos, esa comunidad no se puede nutrir». Hay que «leerlos, hay que compartirlos, hay que comentarlos. Y también hay que vivirlos, no como un fin en sí mismo, sino como una clave de lectura de la realidad». El clásico lo es «porque ilumina el momento histórico presente». Finalmente, señala que hay que «recuperar el lugar central de la relación del profesor con el estudiante, el carácter insustituible de la comunicación interpersonal».