Checoslovaquia, septiembre de 1985
Del 27 al 29 de septiembre de 1985, un grupo de amigos realizamos un viaje a Checoslovaquia. Salimos de Viena, pasamos la frontera por Grametten-Nová Bystřice y regresamos a Austria por Mikulov-Drasenhofen.
El 28 de septiembre del 935 moría, asesinado por su propio hermano Boleslav, el duque Wenceslao de Bohemia, modelo de príncipe cristiano y paradigma para generaciones y generaciones de ciudadanos checoslovacos. ¿Hasta qué punto, sin embargo, se puede hablar de su presencia, hoy, en un país dominado por el imperio del comunismo?1
Este año la fiesta de San Wenceslao, 28 de septiembre de 1985, cayó en sábado. Por una coincidencia acaso intencionada, las autoridades checas habían declarado anteriormente el día como «día de trabajo». Las tiendas, pues, tuvieron horario normal.
Planá nad Lužnicí
En Planá nad Lužnicí, un pueblecito al sur de Praga, un grupo de jóvenes se dirigía, poco antes de las ocho de la mañana, a su escuela. Los muchachos, sorprendidos por la extrañeza de un coche con matrícula desconocida y, evidentemente, de calidad muy superior a la de cualquier modelo que se ve circular por las carreteras de Bohemia y Eslovaquia, se apiñaron a curiosear el cuadro de mandos. Tras un breve intercambio de palabras, en el que precisamente explicaron por qué tenían clase en sábado, se puso de manifiesto que ninguno de ellos sabía de la importante fecha en la que se encontraban, el ML aniversario de la muerte de su patrón, y menos de lo que su vida significó. En Planá nad Lužnicí, en la aldea donde Franz Kafka compuso parte de El Castillo, la vida corría justo por los cauces que desea la ideología marxista: la fiesta del patrón se había convertido en una jornada más.
Visado checoslovaco expedido el 26 de septiembre de 1985 en Viena. Entrada en Checoslovaquia por Nová Bystřice, el 27 de septiembre de 1985, a las 18 h. Salida por Mikulov el 29 de septiembre de 1985, a las 22 h. Los pasos corresponden, respectivamente, a Nová Bystřice–Grametten y Mikulov–Drasenhofen, ambos en la frontera con Austria. Foto: © Lotrives
La población checoslovaca da la impresión de desencanto. Quizá el grueso de la nación lo constituye ahora un grupo de escépticos, el de aquellos que después del estrangulamiento de la Primavera de Praga, en agosto del 68, no toman partido por nada: una masa desesperanzada que sabe que sin un cambio en la Unión Soviética no puede hacer nada.
La gente de Bohemia ha tenido tradicionalmente una especial sensibilidad para los problemas sociales. Este es un factor más que influye en el interés del régimen por buscar aquellos héroes que, de alguna manera, se puedan presentar como predecesores del sistema actual.
Tábor
En Tábor, por ejemplo, la famosa ciudad donde la revolución husita se hizo fuerte, han erigido, en la sede del antiguo Ayuntamiento, un museo que ilustra los comienzos de la «lucha de clases» en Bohemia, la de los husitas contra los señores feudales y los desmanes y poderío del clero de aquella época (siglo XV). Los guías que conducen a los visitantes dan a entender, como de pasada, que esa es la manera cierta de entender la historia.
Evidentemente, un análisis detallado de los hechos matizaría tantísimas imprecisiones a la orden del día. Pero este, desgraciadamente, no es tarea para la mayoría, que además no tiene acceso a fuentes certeras e imparciales. Por eso, en definitiva, unas cuantas indicaciones aquí y allá de las injusticias sociales en el siglo XV crea el clima propicio para hacer pensar que, en el fondo, el comunismo en Checoslovaquia ha supuesto un paso hacia adelante.
Juan Hus, originario de Bohemia del Sur, fue un sacerdote, más adelante profesor de Filosofía y Teología en la Universidad de Praga, quemado por hereje (6 de julio de 1415). Gozaba de gran prestigio en la capital y ha sido y es un símbolo del nacionalismo checo frente al intervencionismo eclesiástico-imperial de todos los tiempos. Desde el púlpito de la Capilla de Belén —una iglesia donada por un comerciante de Praga que dispuso que allí solo se podía predicar en checo— ganó muchos discípulos.
En Tábor todavía se pueden ver los restos de la inmensa muralla construida por los husitas para defender la ciudad. Aquí Jan Žižka, el secuaz más radical de la secta husita, que ahora aparece en los billetes de veinte coronas, formó un ejército poderoso que tenía como símbolo un cáliz: Hus no quiso —aparte de otros errores— amoldarse a la ley eclesiástica entonces vigente que disponía que se comulgara bajo una sola especie.
Una profesora de Historia explicaba con orgullo todos estos detalles a los diversos grupos. Y lo sorprendente es que no se le podía pasar por la cabeza alguna matización serena al movimiento husita, hoy —repito una vez más— considerado como modelo de revolución en la Checoslovaquia oficial: una especie de guerra al revés.
Praga
Tras la Segunda Guerra Mundial, los marxistas han acentuado más esta forma de ver el pasado. Y acentúan, naturalmente, aquellos episodios en que las injusticias y debilidades humanas hacen tomar a menudo posturas radicales. Esta realidad encuentra confirmación por todas partes. Hasta los libros que en las librerías de Praga se venden la constatan. En un establecimiento situado cerca del monumental Puente del emperador Carlos IV se podían adquirir, a precios irrisorios, auténticas joyas de la filosofía, de la teología y del derecho, procedentes —así lo indicaba el sello estampado que llevaban— en su mayor parte de la antigua biblioteca del Clementinum, la Universidad de Praga.
Por pocas coronas era posible comprar un maravilloso Codex Theodosianus, en edición cuidadísima, del siglo pasado. Parece como si pensaran: “¿Para qué nos sirven ya estos restos de la antigua cultura superada, libros además que vienen, en muchos casos, de instituciones eclesiásticas? Lo mejor es que se los lleve algún turista interesado y que nos dejen divisas para que construyamos nuestra cultura, nuestro porvenir y nuestra historia”.
En los quioscos, los únicos periódicos que se pueden comprar son los órganos de los partidos comunistas de Checoslovaquia, Rudé právo, y de la Unión Soviética, Pravda. Algunos tenderetes más surtidos tienen hasta la Volkstimme, el periódico comunista de Austria que en la vida ha leído un austriaco. Y por todas partes sin excepción quieren ostentar un trato preferencial para la URSS.
Hradčany
El Hradčany, en alemán Hradschin, el distrito de Praga alrededor del Castillo de Praga —escribe la baronesa Johanna Herzogenberg en su libro Praga— es, desde el comienzo de la historia de Bohemia, el punto crucial, político y espiritual, del país y de Praga.«Imperium y sacerdotium, reyes y obispos, han habitado en esta colina, desde ella han gobernado y bendecido.» Hasta cierto punto, así es en la actualidad.
El Castillo de Praga, ennoblecido a lo largo de siglos, es ahora sede del presidente de la República, Gustáv Husák. A pocos metros de él se enclava el Palacio arzobispal de Praga, donde reside el cardenal František Tomášek.
Las relaciones entre «imperium y sacerdotium», por decirlo de alguna manera, son, hoy día, especialmente tensas. Y esto, a pesar de la cercanía física de sus dos representantes máximos. Checoslovaquia es un país donde el catolicismo lo tiene muy difícil. La mayoría de las sedes episcopales están vacantes. El régimen controla el acceso de candidatos a los seminarios. El movimiento paraestatal Pacem in terris, un invento del Partido Comunista para controlar la actividad espiritual del país, siembra la confusión entre los creyentes. Y la cultura cristiana es un lujo que los marxistas no toleran.
El cardenal Tomášek
Quizá porque la Iglesia checoslovaca es una Iglesia especialmente perseguida, la vitalidad que sus miembros poseen chocan a los ojos de los acostumbrados al materialismo de tipo occidental. El mes pasado, con ocasión de la fiesta de san Wenceslao, una gran multitud congregada para la misa que iba a celebrar el cardenal Tomášek, llenó la Catedral de San Vito.
El primado, a sus ochenta y seis años, es una personalidad que goza de una vitalidad sorprendente. Sus palabras son graves, reposadas y afectuosas. Su prestigio, inmenso. El cariño que le tienen los católicos checoslovacos, palpable.
Tomášek pasea, desde su residencia hasta la catedral, en ocasiones señaladas. Esta costumbre da la impresión de que se ha convertido en una especie de fiesta popular. Niños y mayores se acercan a él para decirle esto y aquello, para presentarse o para contarle algo. Él agradece estas muestras de cariño y, según los casos, anima, comenta, exhorta.
Lo mismo ocurre después de las celebraciones. Solo que, entonces, las gentes, más animadas, empiezan a aclamar a su cardenal y a aplaudirle durante el tiempo del trayecto de regreso al palacio episcopal. Más adelante, la multitud entona canciones tradicionales checas. Sigue aclamando, aplaudiendo y pidiendo que Tomášek se asome al balcón. Esto último, desde junio, no lo ha hecho. Alguien comentó que, recientemente, su eminencia había recibido instrucciones gubernamentales muy concretas sobre lo que debe y lo que no debe hacer. A este respecto, dentro de lo permitido a las manifestaciones de fe, ya no se encuentra que dirija algunas palabras a las gentes allí reunidas.
Tomášek, con extraordinaria sensibilidad, sabe mantener en carne viva la esperanza de sus feligreses. En eventos tan señalados como en san Wenceslao, ahonda en lo que es la tradición católica checa: cualquiera que reflexione un poco sobre el contenido de su palabras encuentra los términos justos necesarios para afrontar valientemente la situación actual.
¿Qué dijo Tomášek el pasado día 28 de septiembre de 1985? Simplemente señaló algunos episodios significativos de la vida de san Wenceslao. Recordó que el duque creció rodeado de un mundo pagano —como el de ahora en Checoslovaquia—, que gracias a la excelente educación que le dio su abuela santa Ludmila entendió enseguida el ideal de la perfección cristiana —un desafío a los habitantes de Bohemia—. Y que el partido pagano de la corte, movido por el odio y la envidia, acabó de manera pérfida con la vida de Wenceslao. Esto último, acaso una figura del Partido Comunista checo. Terminó asegurando que, con personas como Wenceslao, se consigue dar la vuelta a todo un país.
La relación de los católicos checos con el resto de fieles es escasísima. La única manera que tienen para enterarse de la vida local y universal de la Iglesia es leer las cartelas que cuelgan en las cancelas de las Iglesias. Solo ahí hay garantía de que el control estatal no se haya infiltrado, y de recibir sana doctrina. El mismo cardenal Tomášek tuvo que descalificar, no hace mucho, el único periódico que quería presentarse como oficialmente católico, aunque lo que realmente hacía era seguir, veladamente, las directrices del partido.
Cuando Tomášek no pueda seguir adelante, las dificultades, probablemente, se acentuarán. La represión, en Checoslovaquia, va para largo.
Footnotes
-
Las impresiones de ese viaje las publiqué en ABC. Aquí las reproduzco ligeramente editadas. Vid. Grau Navarro, J. M. (1985, 23 de octubre). El régimen checo ha impuesto el desarraigo de las viejas tradiciones. ABC, Madrid, p. 38. Grau Navarro, J. M. (1985, 24 de octubre). Se endurece la presión del régimen sobre la figura del cardenal Tomášek. ABC, Madrid, p. 32. ↩