Rafael Aguirre: «La utilización política de la Biblia»

Actualizado el

Rafael Aguirre Monasterio, Rafael. (2024). La utilización política de la Biblia. Epílogo de Julio Trebolle. Estella (Navarra, España): Editorial Verbo Divino.

Citas y notas de lectura

«La Biblia hebrea es la recopilación de la memoria social del pueblo hebreo, con reinterpretaciones sucesivas que se superponen y, a veces, se contradicen. Hay más temas (legislación, poesía, enseñanzas sapienciales…), pero la columna vertebral reside en la interpretación de acontecimientos políticos» (Aguirre, 2024, p. 12).

No estoy nada seguro de que la columna vertebral sea esa y no la puramente religiosa: Dios relevándose, y la relación con Dios.

«Este libro presenta cinco escenarios en los que el uso político de la Biblia ha sido y es de especial importancia. Alguien podría echar de menos que no se hable del sur de Europa. La respuesta es sencilla y ayuda a precisar el objetivo de este trabajo. En Italia, en Portugal y en España las relaciones entre la política y la religión (y la Iglesia católica) han sido de especial intensidad y trascendencia. Pero en estos países se impuso un catolicismo fuertemente contrarreformista y la influencia de la Biblia fue inexistente en lo teológico y, más aún, en lo político. Sin embargo, hubo un campo de disidencia clandestina y disimulada de gran interés, pero por el que no podemos incursionar en este lugar» (Aguirre, 2024, p. 13).

¿Seguro que «la influencia de la Biblia fue inexistente en lo teológico»? Sin la Biblia, sin toda la Bilblia, no existe lo teológico.

«El terrible ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, en el sur de Israel junto a la franja de Gaza, y la consiguiente y bárbara guerra con que reaccionó Israel […] va a marcar un hito en la historia del Estado de Israel, solo comparable con la fundación del Estado y con la guerra de los Seis Días de 1967. Ben-Gurion, al establecer el Estado de Israel en 1948, leía la Biblia como un libro de historia y la conocía muy bien. En 1967 se contraponían lecturas de la Biblia a cuenta de la actitud a tomar con los territorios ocupados. En 2018 se ha impuesto políticamente una lectura de la Biblia que no deja lugar a dudas sobre la anexión de los territorios ocupados» (Aguirre, 2024, p. 81).

Ese es el problema: leer la Biblia exclusivamente como un libro de historia.

«La agrupación de los judíos en Israel fue un proyecto que, contra lo que se suele pensar, tiene un origen cristiano. Es una terminología discutible, pero creemos que se puede hablar de un “protosionismo cristiano”, basado en una interpretación bíblica. Este hecho está muy relacionado con el fundamentalismo bíblico (aunque no solo con él) y es un factor clave para entender la estrecha relación que se estableció entre el Estado de Israel y los Estados Unidos. Es un fenómeno de la primera mitad del siglo XIX» (Aguirre, 2024, p. 85).

«Esto hizo que Beguin, representante de la derecha israelí, gran simpatizante de los evangélicos sionistas, sin embargo, cuando llegó al poder en 1977, una de las primeras leyes que promulgó fue la que prohibía el proselitismo de cultos extranjeros. Consideraba que el proselitismo de los evangélicos, sus grandes aliados, ponía en peligro la identidad étnica judía del Estado de Israel, preocupación permanente de este pueblo como bien sabe el lector de la Biblia. Esta cuestión es de gran actualidad, se debate apasionadamente en el Israel de nuestros días y está relacionada con el gran tema de qué es ser judío y plantea un grave problema político: ¿puede ser democrático un Estado definido étnicamente?» (Aguirre, 2024, p. 88).

Evidentemente, no. Prohibir el proselitismo, una palabra ahora maldita, es prohibir la libertad de expresión.

Sionismo

«El sionismo como proyecto de instaurar un Estado judío surge a finales del siglo XIX y en su origen hay diversos factores, pero dos fueron los decisivos: el auge de los nacionalismos en Europa y la influencia de la Biblia como memoria social. El sionismo de los orígenes y el de los pioneros que se fueron estableciendo en Palestina durante el mandato británico, y dirigieron toda la primera etapa del nuevo Estado de Israel a partir de 1948, se caracterizaba por ser laico, de izquierdas y socialista. Pero también había un sector muy minoritario, socialmente más conservador, pero ideológica y estratégicamente más radical, liderado por Jabotinsky» (Aguirre, 2024, p. 89).

«Esta diversidad interna dentro del sionismo pudo parecer de menor importancia durante muchos años, pero con el transcurso del tiempo se fue acentuando hasta el punto de que se ha provocado un vuelco radical en el seno del sionismo. ¿Pero realmente ha cambiado la naturaleza del sionismo o sus postulados políticos e ideológicos actuales ya estaban en el germen de los fundadores del Estado? Esta cuestión se debate apasionadamente entre la intelectualidad israelí de nuestros días» (Aguirre, 2024, p. 89).

«La cuestión está lejos de ser baladí. Para ambas formas de sionismo la Biblia está en su raíz porque es la memoria social del pueblo judío. Pero el sionismo laborista hegemónico durante muchos años era más propicio a llegar a una cierta convivencia con los árabes y a acuerdos territoriales con ellos. Por el contrario, Jabotinsky propugnaba lo que llamaba “la cortina de hierro”, entendida como someter totalmente a los árabes en toda la tierra de Israel sin ningún tipo de concesiones. Hacía un razonamiento muy sencillo: nadie acepta por las buenas que otro venga, te eche y se quede con tu casa y tus tierras. Esto es lo que nosotros queremos hacer en la tierra de Israel. El único medio es someter desde el principio a los árabes totalmente y en toda la tierra. Solo después podremos hablar con ellos. Desde el principio el planteamiento de Jabotinsky era absolutamente claro, pero muy minoritario. Estas ideas las plasmó en un manifiesto de 1923, cuyo título lo dice todo: “El muro de hierro: nosotros y los árabes”» (Aguirre, 2024, p. 89).

La Biblia como memoria social me parece una expresión afortunada, siempre que no se quede solo ahí. El planteamiento de Jabotinsky es, a todas luces, una locura.

«Lo que sucede es que, con el paso del tiempo, se ha convertido en el planteamiento totalmente dominante» (Aguirre, 2024, p. 90).

«El gran patriarca del sionismo es Teodoro Herzl, un judío secularizado, cuya obra de referencia Der Judenstaat no menciona la Biblia. Al primer congreso sionista de 1897, en Basilea, asistió una delegación cristiana, a la que hemos denominado “protosionista”, que quedaron profundamente decepcionados porque la interpretación bíblica, que a ellos les animaba, estaba totalmente ausente» (Aguirre, 2024, p. 90).

«El sionismo, que logró la creación del Estado de Israel en 1947, es, en buena medida, una laicización del espíritu profético y una nueva lectura política de la Biblia. Un personaje clave fue David Ben-Gurion, durante muchos años primer ministro de Israel (le ha superado en duración un personaje muy diferente, Benjamin Netanyahu), el gran líder del laborismo. Tiene una obra, Ben-Gurion Looks at the Bible (original hebreo; existe traducción inglesa), que refleja espléndidamente lo que significaba la Biblia para quienes construyeron políticamente el Estado de Israel. Considera que el Israel bíblico es el Israel auténtico y su tarea es continuar una historia no solo accidentada, sino interrumpida por el alejamiento de su tierra. Cuando casi al final del libro (capítulo 16) habla de “la Biblia y el pueblo judío”, presenta la legislación social de la Torá y lo mejor de la tradición profética; después considera que el sionismo empalma con esta tradición y hace una valoración sumamente positiva de lo que en aquel momento están consiguiendo realizar en el Estado recién fundado. Un episodio clave en su exposición es el retorno de la cautividad de Babilonia (capítulo 15), porque algo así es lo que está realizando el sionismo. Afirma que lo decisivo no fue ni la Declaración Balfour, ni la de las Naciones Unidas, sino «the power and might of the Israeli army». En este punto realiza una reivindicación de la tradición militarista y violenta de los Macabeos» (Aguirre, 2024, p. 91).

Dos expresiones afortunadas que describen, parece, el Israel actual: laicización del espíritu profético y nueva lectura política de la Biblia.

¿Estado de los judíos o Estado judío?

«Amos Oz se consideraba, ante todo, israelí, pero no renunciaba a ser un sionista, eso sí, laico y de izquierdas. Evidentemente su disconformidad con la política del Gobierno israelí era pública. Cuando explicaba el origen del sionismo, no podía negar la influencia de la Biblia, pero tendía a disminuir su importancia en favor de otros factores (auge de los nacionalismos en Europa, la conmoción de la Shoá, la utopía social). Afirmaba, con mucha razón, que Herzl no habló de “un Estado judío”, sino de “un Estado para los judíos” (su libro, en efecto, se titula Der Juden Staat, no Der jüdische Staat). Definir étnicamente a un Estado, llamándolo judío, va contra su carácter democrático y es tan absurdo como definir como judío a una silla o a un autobús. El Estado reconoce ciudadanos y da lo mismo que sean judíos, cristianos, drusos o musulmanes. Así se expresaba Amos Oz» (Aguirre, 2024, p. 94).

Der Judenstaat = «El Estado de los judíos». La expresión pone el foco en los judíos como pueblo que tiene un Estado propio. No dice directamente cómo debe ser ese Estado por dentro ni qué derechos tendrán los no judíos. Juden, en alemán, es el plural de Jude en función compositiva/genitiva: «de los judíos».

Der jüdische Staat = El Estado judío. Aquí jüdisch es un adjetivo que califica al Estado mismo. Por eso puede sugerir que el Estado tiene una identidad judía institucional: símbolos, leyes, cultura pública, calendario, lengua, criterio nacional, religión. Si el Estado es judío, ¿qué lugar ocupan los ciudadanos no judíos?

La famosa obra de Herzl se titula:

Herzl, T. (1896). Der Judenstaat: Versuch einer modernen Lösung der Judenfrage. M. Breitenstein. (‘El Estado de los judíos. Intento de una solución moderna de la cuestión de los judíos’). Hay traducción al español publicada en 1944. Y otra accesible en internet de 1960.

Sobre la frase El Estado reconoce ciudadanos y da lo mismo que sean judíos, cristianos, drusos o musulmanes: como bien sabemos, frecuentemente no es así, y no solo en Israel.

«En última instancia hay una lectura de la Biblia y un reforzamiento religioso de ser pueblo elegido, que se vincula con toda una serie de exigencias para reforzar la identidad étnica, que tiene efectos políticos demoledores» (Aguirre, 2024, p. 97).

Porque no se profundiza casi nunca en lo religioso: el pueblo elegido es elegido para mostrar la verdad a otros pueblos con su vida ejemplar, no para imponerse.

Netanyahu

«El proyecto político sionista, en todas sus versiones, de una forma u otra tiene su referencia fundamental en la Biblia. Igualmente el protosionismo cristiano del siglo XIX y el sionismo religioso (judío) y el sionismo cristiano actual son lecturas políticas de la Biblia que ejercen una enorme influencia» (Aguirre, 2024, pp. 99-100).

«Lo menos que se puede decir de las medidas que ha tomado Netanyahu como represalias al salvaje atentado de Hamás es que no respeta las normas del Derecho Internacional Humanitario. Como suele hacer en situaciones graves, Netanyahu ha recurrido varias veces a la Biblia. El 30 de octubre en una conferencia de prensa, antes de que se formulasen preguntas, para dejar bien claro que no haría ningún alto el fuego y dar sensación de firmeza, citó el libro del Eclesiastés: «La Biblia dice que hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra, y este es tiempo para la guerra». A los pocos días, para animar a los militares, afirmó:

“Con fe profunda en la justicia de nuestra causa y en la eternidad de Israel realizaremos la profecía de Isaías 60,18:  No se oirá más hablar de violencia en la tierra, ni de despojo o quebranto en tus fronteras, antes llamarás a tus murallas Salvación y a tus puertas Alabanza”» (Aguirre, 2024, p. 101).

Los dos Estados

«La situación es tal que hablar de dos Estados es pura retórica vacía. Esta solución, la mejor intencionada, quizá fue posible en su tiempo [los Acuerdos de Oslo de 1993], […] nunca fue sinceramente aceptada por Netanyahu, ni por el Likud, su partido, ni mucho menos por los sectores más derechistas, cada vez más radicalizados. Por otra parte, lo que queda de los territorios ocupados son unos enclaves aislados e incomunicados, parecidos a los bantustanes para negros de la Sudáfrica del apartheid, que no dan para hacer una unidad política. En buena medida el extremismo político en Israel ha ido de la mano del mayor peso del sionismo religioso y de su lectura de la Biblia fundamentalista, xenófoba y supremacista» (Aguirre, 2024, p. 103).

«Si la guerra de 1967 fue la de la ocupación es de temer que la de 2023 sea la de la anexión de los territorios ocupados. Son Israel porque lo dice la Biblia: así razonan abiertamente varios ministros del actual Gobierno y otros no lo dicen, pero están de acuerdo y nunca lo desmienten. La guerra de Gaza está sirviendo para acelerar la colonización de la Cisjordania ocupada y para arrebatar a los palestinos sus tierras y sus casas» (Aguirre, 2024, p. 103).

«La actual lectura política de la Biblia que realiza el Gobierno de Israel no es, por supuesto, la única posible, ni es la más adecuada, ni es compatible con una consideración crítica de los textos. Pero es que además —y esto debe ser recalcado dada la orientación de este libro— la deriva actual del Estado de Israel y su base bíblica es un atentado gravísimo contra el judaísmo como tradición cultural, humanista y religiosa» (Aguirre, 2024, p. 103-4).

Las consecuencias del Holocausto

«El Holocausto fue un revulsivo colosal en el pensamiento occidental. Tras siglos de controversias entre judíos y cristianos, se ha caído en la cuenta de la gravedad de un antijudaísmo muy extendido en la teología cristiana y a nivel popular, apoyado sobre todo por algunos pasajes del Nuevo Testamento, interpretados de mala manera. La Declaración del Vaticano II Nostra Aetate supuso un cambio radical en la forma de enfocar la Iglesia católica las relaciones con el judaísmo. Esta Declaración fue muy bien acogida por el mundo judío. En la exégesis cristiana actual el acercamiento al judaísmo está muy presente, ante todo eliminando las interpretaciones tradicionalmente antijudías de algunos textos, pero, lo que es especialmente importante, con una consideración más justa y positiva del judaísmo del Segundo Templo. El establecimiento del Estado de Israel ha condicionado y complicado esta problemática, porque la crítica meramente política a actuaciones de este Estado se tachan, a veces, por sus defensores, como ataques antijudíos, como una recaída en el viejo antijudaísmo, cuando en realidad no lo son. El problema es complicado y delicado: a veces el antijudaísmo muy arraigado se proyecta en críticas al Estado de Israel, pero, otras veces, los sufrimientos del pueblo judío o una supuesta elección divina pesan para evitar condenar comportamientos inadmisibles en un Estado democrático» (Aguirre, 2024, p. 107).

«Desde su fundación en 1948, el Estado de Israel tomó de la Biblia los símbolos de identidad. Fue el caso de la Menorá, el candelabro de siete brazos del Templo de Jerusalén descrito en Ex 37,17-24. Las festividades que se celebran en una sociedad son el gran ejercicio de la memoria social decisivo para configurar su identidad. Pues bien, en el Estado de Israel las festividades son las que señala la Biblia, ante todo las del capítulo 23 del Levítico, a las que se han añadido otras de tiempos bíblicos posteriores y, tras la creación del Estado, otras más de la historia reciente del judaísmo: Shabat/Sábado como la fiesta semanal, Pesaj/Pascua, Shavout/Semanas o Pentecostés, Sucot/Tabernáculos, Yom Kipur/Día del Perdón, Ros Hashana/Principio del Año, Yom Haatzmaut/Día de la Independencia, Shoá/Día del Holocausto, Yom Yerushalaim/Día de la Reunificación de Jerusalén el 7 de junio de 1967. Esta enumeración deja bien claro que la Biblia es la memoria social del Estado de Israel» (Aguirre, 2024, p. 110).

«El lema del Mossad (el famoso servicio de inteligencia) estaba tomado de la Biblia: Con sabios consejos ganarás la guerra (Prov 24,6)». Se han ido sustituyendo progresivamente las designaciones árabes de localidades y pueblo por los supuestos nombres hebreos bíblicos, a veces con imprecisiones muy notables. Las palabras de Jeremías Volverán los hijos a su territorio (31,16) se convirtieron en estribillo que se cantaba frecuentemente. Se repetía con emoción durante la guerra de los Seis Días en 1967. En la actualidad se ha convertido en un eslogan en boca de la derecha radical, pero ha dejado de ser un canto popular de todos los israelíes (Aguirre, 2024, p. 110).

Hermenéutica

«Como se comprueba constantemente, y en este libro se puede ver en cada capítulo, la Biblia puede leerse con una funcionalidad política muy diversa. El caso de Israel es ciertamente único, pero encontramos este mismo fenómeno. Quizá lo más propio del moderno Estado de Israel es que la utilización de la Biblia por los sectores religiosos se hace al margen de una lectura crítica y convierten esa visión mítica en fuente de legitimaciones políticas. Y existe un uso secular de la Biblia, como memoria social de un pueblo, con una presencia y un peso que no tienen en ningún otro lugar» (Aguirre, 2024, p. 114).

«Nos encontramos con un problema de mucha envergadura, que desborda las pretensiones de este trabajo. ¿Cómo puede leer la Biblia un árabe egipcio o palestino, en la que Dios elige a un pueblo, le concede una tierra, y le pide a su pueblo que elimine o expulse a sus habitantes, y que se quede con sus casas, sus campos y sus frutos? Con una determinada lectura de la Biblia muchos justifican o apoyan el sionismo; pero también existe otra lectura de la Biblia que ha justificado y sigue justificando el antisemitismo. Son lecturas fundamentalistas o anacrónicas o que ponen el texto al servicio de intereses ideológicos. Pero, como digo, no podemos entrar en los serios problemas hermenéuticos que todo esto plantea» (Aguirre, 2024, p. 115).

Epílogo de Julio Trebolle

«Las guerras de religión giraban en torno a la Biblia y las diversas interpretaciones que de ella hacían católicos y protestantes. Sin embargo, las religiones no declaran guerras. Estas suelen comenzar por motivos políticos, como la recuperación de territorios o la expansión territorial (por «el espacio vital», Lebensraum, de la Alemania de Hitler), o por motivos económicos, como hacerse con nuevas rutas comerciales o materias primas. Pero cuando en el juego de la guerra entran cuestiones identitarias, religiosas, étnicas, nacionales o ideológicas o una combinación de todas ellas, las guerras se hacen intratables e interminables» (Trebolle, 2024, pp. 228-9).

«La Carta de Aristeas evita cuidadosamente toda implicación política. Da a entender que el judaísmo consiste esencialmente en una filosofía religiosa, como propugnaba Filón de Alejandría. El segundo libro de los Macabeos, a pesar de su contenido militar y político, trata de mostrar que el judaísmo consiste en la práctica de la ley religiosa. La novelística judía de la época, ambientada en las cortes de Babilonia y Persia, se muestra abiertamente favorable al poder extranjero. El libro de Daniel, la Oración de Nabonido y las novelas de Tobías y Ester desarrollan el motivo del judío que, como José en la corte del Faraón, triunfa en la corte extranjera y desde la alta posición que ha adquirido ofrece ayuda a las comunidades judías» (Trebolle, 2024, p. 233).

«En los países latinos y católicos —Italia, Francia, España, Portugal— el predominio del latín y de la Biblia Vulgata, junto con las prohibiciones de la Inquisición, impidieron el desarrollo de las traducciones a las lenguas romances, que hoy serían obras clásicas de las respectivas literaturas, como ha sido el caso de las versiones inglesa y alemana» (Trebolle, p. 2024, 237).

Está la Biblia del Oso, que refleja la belleza del español en el Siglo de Oro.

«La Biblia comparte hoy presencia en Europa con el Corán. Desde las figuras contrapuestas de Carlomagno y Mahoma la historia de Europa ha sido la de una permanente lucha contra el islam, cantaba ya en los poemas épicos del Cantar de mio Cid y de La chanson de Roland. Esta lucha fue una continuación de las guerras medas entre Grecia y Persia y de las púnicas entre Roma y la Cartago fenicia. Se prolongó con la guerra contra el turco en Lepanto y con las guerras austro-turcas hasta el siglo XX. Oriente era para Hegel la plasmación de una fuerza desmedida y despótica, opuesta a la mesura del espíritu griego que hizo posible la democracia directa y el desarrollo de la libertad subjetiva. La razón occidental —la burocrática de Max Weber, la capitalista de Karl Marx o la tecnocientífica de Heidegger— ha pretendido siempre cortar raíces con Oriente. En el siglo XIX la literatura noveló y el arte pintó un Oriente Próximo y un mundo árabe de masas informes, gobernadas por tiranos despóticos a merced de seductoras bailarinas» (Trebolle, 2024, p. 241).